jueves, 1 de mayo de 2014

ENVEJECER con NUESTROS ANIMALES

Estamos en medio de una conversación telefónica y mientras charlamos, mi madre va caminando por la casa. En un momento determinado, sale al balcón y se ríe, casi puedo ver esa sonrisa de niña pequeña que se le pone cada vez que mira a un bebé o a un animal:
 
- "Míralo, como hace frío se ha metido dentro de las zapatillas de tu padre, como tienen borreguito...no es listo el tío!".
 
Me habla de GATO un felino que desde hace cuatro años, a pesar de estar en libertad por el pueblo, se pasa por casa de mis padres a comer y a dormir en su balcón. Es un gato negro, cariñoso, hijo de una gata que tuvo innumerables camadas y que un día desapareció. No está castrado, ni xipado...no tiene casa fija, aunque mis padres le abren el garaje  cuando hace mucho frío y se acurruca en el viejo sofá. No quiere más, pero se ha ganado el afecto de mis progenitores.


 
 
Ellos a pesar de estar estupendos, ya tienen una edad y nos estamos planteando que vengan a pasar largas temporadas a mi casa y una de las excusas de mi madre es:
 
- "Y que será de GATO cuando nosotros no estemos?"



 
 
GATO es un gato de los que llamaríamos "libres"  al que le gusta estar en casa a ratos  y que no se adaptaría a un piso.... pero qué pasa con todos aquellos animales que sí conviven al cien por cien con sus compañeros humanos y un día, por vejez de alguno de ellos, tienen que separarse?
 
Los que colaboramos con refugios o protectoras lo vemos todos los días...unos por dejadez, otros por necesidad y otros porque no saben qué hacer....al final los que acaban pagando el pato, son los animales.
 
Pero hoy quiero hablar de aquellas personas que tienen que separarse obligatoriamente de sus animales queridos de su perro o gato que ha compartido toda la vida con ellos y ahora en la vejez mutua no les permiten seguir conviviendo.

Imagináos....tienes 80 años y un gato de 16 con el que has compartido esos años de tu vida, te caes y te rompes la cadera (algo más que común en los ancianos) y deciden que para que te recuperes, quedes ingresado en una residencia , pero de tu gato no se hace cargo nadie y el pobre animal acaba en una protectora, dónde en el mejor de los casos será llevado a una casa de acogida dónde tendrá que adaptarse  a un nuevo ambiente, nuevas personas y probablemente tenga que compartir su afecto con otros animales a los que ni conoce ni le apetece conocer. Y en el peor...

El sentimiento de pena que invade a esas dos almas es inmenso y si lo analizamos las circunstancias muy parecidas, ya que el anciano es llevado a la residencia y el gato a la protectora...ambos sacados de su ambiente y separados de raíz, quebrando así una convivencia maravillosa. Ambos, deprimidos de no poder acabar de compartir esa última etapa de la vida. La diferencia es que el anciano sabe por qué se encuentra en esa situación, pero el animal, no.

Nos queda mucho camino por recorrer...para que las residencias acepten a nuestros animales o para que aquellos ancianos que no deseen ir, puedan seguir teniendo todas las atenciones necesarias ellos y sus animales en su propia casa . Nos queda mucho para que las personas tomemos conciencia de que hay que respetar la voluntad de los abuelos  con respecto a sus compañeros de cuatro patas y si es necesario, dejarlo por escrito.

Ahora que se empieza a hablar de terapias con animales y de su beneficio para las personas, tal vez, deberíamos empezar por los que viven con nosotros, por crear unos protocolos que permitan la convivencia hasta el final de nuestros abuelos con sus compañeros de cuatro patas y del bienestar del animal en caso de que sobreviva al ser humano.

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